El récord inesperado de Meloni (El Mundo)
El Gobierno italiano acaba de batir un récord que muy pocos le auguraban cuando inició su andadura en otoño de 2022: convertirse en el Ejecutivo más longevo de la historia de la Italia republicana.
No es un detalle menor, en un país donde, en ochenta años de historia republicana, se han sucedido 68 gobiernos, con una duración media de poco más de un año.
Giorgia Meloni destrona así a Silvio Berlusconi, fundador del centroderecha italiano contemporáneo. Pero el dato revela algo más profundo que una simple cuestión estadística. La dirigente que llegó al poder como una outsider se ha convertido en el principal punto de referencia del sistema político italiano. Y es precisamente ahí donde se encuentra la paradoja que definirá su futuro.
Cuando Meloni asumió la Presidencia del Consejo de Ministros, muchos observadores contemplaban su llegada con inquietud. Su partido, Hermanos de Italia, era el heredero de una tradición política con raíces en el Movimiento Social Italiano, fundado tras la Segunda Guerra Mundial por antiguos combatientes fascistas y por nostálgicos del régimen. Además, la propia Meloni había cultivado durante años posiciones euroescépticas y un discurso muy crítico con la integración europea.
Sin embargo, la trayectoria que la llevó hasta Palazzo Chigi fue tan inesperada como su posterior consolidación. En las elecciones de 2013, Hermanos de Italia apenas obtuvo el 1,96% de los votos y cinco años después un todavía modesto 4,35%, muy alejado de sus compañeros de coalición: Forza Italia de Berlusconi y la Liga de Matteo Salvini.
Aquella legislatura, sin embargo, lo cambió todo. Mientras otros partidos participaban en sucesivos experimentos de gobierno, Hermanos de Italia permaneció en la oposición. La decisión resultó especialmente relevante cuando Mario Draghi asumió la jefatura del Ejecutivo en 2021. Meloni fue la única líder de relevancia nacional que rechazó apoyar a un Gobierno respaldado por una amplísima mayoría parlamentaria. Lo que entonces pareció una apuesta arriesgada terminó convirtiéndose en su principal activo político.
Cuando la legislatura concluyó tras la caída de Draghi, los italianos premiaron precisamente a quien había permanecido al margen del poder, hasta el punto de que Hermanos de Italia ganó las elecciones de septiembre de 2022 con un sorprendente 26% de los votos. Una parte considerable de aquel resultado podía interpretarse como un voto de protesta y un premio a una formación que supo presentarse como alternativa al sistema político existente, más que como la señal de que Italia hubiese dado un giro radical hacia la extrema derecha.
Una vez en el Gobierno, Meloni comprendió rápidamente que su supervivencia exigía despejar buena parte de las incertidumbres que habían acompañado su ascenso. Frente a los temores iniciales, reforzó el alineamiento europeo de Italia, apoyó sin ambigüedad la alianza atlántica y evitó cualquier conflicto con los mercados financieros, neutralizando, de facto, las voces más críticas no solo dentro de su partido, sino también en parte de su coalición.
Y ahí aparece una de las claves de su éxito. Meloni ha conseguido mantener unidos a tres partidos que responden a sensibilidades muy distintas. Forza Italia representa una derecha liberal y europeísta cada vez más moderada; la Liga de Matteo Salvini mantiene posiciones muy críticas con Bruselas y una visión más soberanista, mientras que Hermanos de Italia combina conservadurismo con elementos propios de la derecha radical. Sobre el papel, las razones para un conflicto abundan. En la práctica, la coalición ha demostrado una disciplina poco habitual en la política italiana.
Más allá de esta cohesión, el balance del Gobierno presenta claroscuros. En política exterior, Meloni consolidó la sintonía con Bruselas, pero su relación con Estados Unidos ha sido más accidentada, pasando de una afinidad inicial con Donald Trump a una profunda crisis diplomática tras la negativa italiana a apoyar los bombardeos contra Irán. Tampoco en el terreno económico pueden encontrarse grandes éxitos que expliquen por sí solos la estabilidad del Ejecutivo. Italia sigue enfrentándose a problemas estructurales que llevan décadas sin resolverse: crecimiento débil, elevada deuda pública y productividad estancada.
La fortaleza de Meloni parece residir, por tanto, menos en los resultados obtenidos que en su capacidad para evitar errores catastróficos. Muchas de sus promesas electorales han quedado sin cumplir, pero el Gobierno tampoco se ha visto sacudido por grandes escándalos políticos. Y los que ha habido palidecen frente a los que hemos visto en otros lares.
La primera señal seria de que esta estabilidad podría tener límites llegó en marzo con la derrota en el referéndum sobre la justicia. Fue un baño de realidad. La coalición de centroderecha, hasta ese momento convencida de su superioridad electoral, comenzó a asumir que revalidar la victoria en 2027 podía no resultar tan sencillo. De ahí que empezara a trabajar en una modificación de la ley electoral, ya que la actual, si la oposición logra presentarse unida, podría poner seriamente en peligro la continuidad de la mayoría.
Sin embargo, la principal amenaza para el futuro de Meloni no procede del centroizquierda, ni del lento crecimiento económico del país, ni tampoco de los caprichos de Donald Trump, sino de su propia derecha. ¡Quién lo hubiera imaginado! Después de años en los que fue descrita como una peligrosa ultraderechista, resulta que Italia cuenta ahora con un partido situado todavía más a la derecha, complicando el trabajo de politólogos e incluso de filólogos, obligados a encontrar una denominación adecuada para esta suerte de extrema-extrema derecha. El exgeneral Roberto Vannacci, después de utilizar la Liga como trampolín para darse a conocer, ha creado su propio partido: Futuro Nazionale.
Su estrategia consiste en presentar a Meloni como una dirigente domesticada por el poder, demasiado cercana a Bruselas y demasiado integrada en el sistema que prometía cambiar. Y aquí aparece una curiosa paradoja. Meloni se benefició del desgaste de quienes gobernaban y ahora es otro dirigente quien pretende ocupar el espacio de protesta que ha quedado vacante. Para ello, Vannacci busca explotar uno de los puntos fuertes del programa de Meloni: la lucha contra la inmigración ilegal. Su discurso cabalga el descontento de una parte de la ciudadanía que considera que el país es cada vez más inseguro y que los flujos migratorios están en constante aumento, a pesar de que los datos de Frontex indiquen una disminución del 55% respecto al año anterior. En esta misma clave puede interpretarse la impulsiva y electoralista decisión del Gobierno de suspender Schengen con España a raíz de la presión migratoria sobre Ceuta.
La estrategia podría terminar dando sus frutos. Si los actuales sondeos, que sitúan ya a Futuro Nazionale como cuarta fuerza política del país, se consolidan, Meloni podría verse obligada a pactar con Vannacci para mantenerse en el poder.
Ahora bien, incorporarlo a la coalición podría tener un coste elevado y poner en riesgo la continuidad del centroderecha. Sus propuestas, como la instrucción militar en las escuelas, la eliminación de las uniones civiles y la reforma de la legislación sobre el aborto, son difícilmente compatibles con el perfil liberal de Forza Italia. La Liga, por su parte, corre el riesgo de ser fagocitada por quien hasta hace poco militaba en sus filas.
Giorgia Meloni puede celebrar haber conseguido algo que pocos imaginaban cuando llegó a Palazzo Chigi: su Gobierno es ya el más longevo de la República. Con todo, la paradoja es que el precio de aquella estabilidad ha sido dejar atrás la condición de outsider que la llevó al poder. Y ahora otra derecha pretende ocupar el espacio que ha dejado libre. Después de demostrar que sabe llegar al poder y permanecer en él, su próximo desafío será evitar que la fórmula que la encumbró termine utilizándose en su contra.